Qué son los créditos al consumo

Para que se entienda fácilmente comenzaremos con un ejemplo práctico de créditos al consumo. Un crédito al consumo es lo que ofrece Ikea, por ejemplo, cuando cuando te da la opción de financiar tus compras en tres, seis o 12 meses. Para lo que, como en todo crédito, te pedirá unas condiciones. La primera, ser socio de su club. La segunda, demostrar tu solvencia. Y la tercera, contratar una tarjeta de crédito.

El método de uso es fácil: tú haces la compra en la tienda, pero en realidad quien te está financiando es una entidad bancaria, la financiera (financia a los clientes) de Ikea. Es decir, la entidad bancaria paga tu compra a la cadena sueca y a ti te da un crédito al consumo para que pagues tus muebles a plazos.

Lo mismo ocurre cuando queremos financiar un televisor a plazos en El Corte Inglés (que sí tiene su propia financiera), o incluso un sofá en una tienda de muebles local: en la mayoría de los casos hay una entidad financiera ajena detrás, dando créditos al consumo, para pagar nuestras compras a plazos. De la misma manera, también son créditos al consumo aquellos que se solicitan directamente a un banco tradicional o a una entidad online para comprar un coche, hacer un viaje, cambiar la cocina, etc.

Regulación de los créditos al consumo

En España están regulados por la Ley 16/2011, de 24 de junio, de Contratos de Créditos al Consumo, que en su primer capítulo establece lo siguiente:

  1. Por el contrato de crédito al consumo un prestamista concede o se compromete a conceder a un consumidor un crédito bajo la forma de pago aplazado, préstamo, apertura de crédito o cualquier medio equivalente de financiación.
  2. No se considerarán contratos de crédito a los efectos de esta Ley los que consistan en el suministro de bienes de un mismo tipo o en la prestación continuada de servicios, siempre que en el marco de aquéllos asista al consumidor el derecho a pagar por tales bienes o servicios a plazos durante el período de su duración.

Por su parte, el Banco de España (BdE) entiende los créditos al consumo como una “categoría” dentro de los préstamos personales, que son “productos bancarios” en los que el “cliente o prestatario” recibe una determinada cantidad de dinero (el capital del préstamo), bajo el compromiso de “devolver dicha cantidad, junto con los intereses correspondientes, mediante pagos periódicos (cuotas)”. La principal diferencia de los préstamos personales con las hipotecas, más allá de los intereses (que son más altos en los primeros), es que su devolución no está garantizada con ningún bien inmueble, sino con los bienes presentes y futuros del deudor.

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Lo que suele ocurrir es que la mayoría de los préstamos personales se destinan a la compra de bienes y servicios, por lo que se consideran créditos al consumo. Estos últimos, por definición, están siempre vinculados a la compra o contratación de un servicio y “se firma a través del empresario que vende el producto u ofrece el ser vicio”, según especifican en el Portal del Consumidor de la Comunidad de Madrid.

En el caso del BdE, la definición de créditos al consumo usa términos parecidos a los de la ley que los regula, pero además deja las necesidades profesionales a un lado y añade un mínimo económico para que puedan ser considerados así. Según la entidad, son créditos al consumo los contratos en que una persona física o jurídica en el ejercicio de su actividad comercial, profesión u oficio, (un empresario), concede o se compromete a conceder a un consumidor un crédito bajo la forma de pago aplazado, préstamo, apertura de crédito o cualquier medio equivalente de financiación, para satisfacer necesidades personales al margen de su actividad empresarial o profesional y cuyo importe ascienda al menos a 200 euros.

Características de los créditos al consumo

  1. Se destinan a la compra de bienes y servicios de consumo, como pueden ser un coche, un televisor, un ordenador, muebles, etc.
  2. No son de un importe excesivamente elevado (como las hipotecas).
  3. El cliente o prestatario responde de ellos con sus bienes presentes y futuros, por lo que la entidad prestamista evalúa y estudia su solvencia a través de justificantes de ingresos (como puede ser una nómina), un inventario de bienes o una declaración jurada de su patrimonio.
  4. Su tramitación es más rápida que en los préstamos hipotecarios, pero los intereses que llevan aparejados son más altos.
  5. El consumidor, entendido como “la persona física que actúa con un propósito ajeno a su actividad empresarial o profesional”, está especialmente protegido por ley frente a los comportamientos del prestamista y la información que facilita (y cómo la facilita) del préstamo. La ley hace especial hincapié en la determinación de conceptos, como el coste total del crédito y la Tasa Anual Equivalente (TAE), delimitando los supuestos en que el primero puede ser modificado y señalando las condiciones a las que debe ajustarse dicha modificación.

De dónde vienen los créditos al consumo

Los créditos al consumo no son una invención de las sociedades modernas, aunque tal y como están concebidos hoy en día pueda parecerlo. El nacimiento de los créditos al consumo se remonta a la segunda mitad del siglo XV, época en la que surgieron en el norte de Italia las primeras entidades de crédito con garantía de prenda: los Montes de Piedad.

Según explican en la Asociación Internacional de Entidades de Crédito Prendario y Social (pignus.org), fueron los frailes franciscanos los que promovieron la creación de ‘Montes Pietatis’ (Montes de Piedad) para plantar cara a los prestamistas judíos, que antes de aquella fecha eran los únicos que daban pequeños créditos al consumo a cambio de intereses muy altos, que podían ir desde el 30% hasta el 200%. Para aliviar a los campesinos, los franciscanos se involucraron en la creación de estos Montes de Piedad, instituciones que prestaban pequeñas cantidades de dinero en metálico con garantía de prenda, sin intereses, y exclusivamente con fines caritativos o solidarios. Los fondos para los préstamos provenían de limosnas de los fieles y colectas.

Los orígenes de los créditos al consumo se remontan al nacimiento de los Montes de Piedad, en la segunda mitad del siglo XV

Visto el negocio que podían suponer los créditos al consumo, el papa León X legitimó el cobro con intereses en 1515. A partir de entonces, los Montes de Piedad empezaron a cobrar pequeños intereses que garantizaran su supervivencia institucional. Y poco después se expandieron por territorio católico, mientras en los países de tradición anglosajona lo hacían los Frugality Bank, Bancos de Caridad e instituciones similares, que sustituyeron los fines religiosos por la filantropía y la previsión.

No obstante, no fue hasta el siglo XX, especialmente con la llegada del automóvil, que se dispararon las ventas a plazos en mercancías duraderas de consumo. Primero fue en Estados Unidos y después en Europa, hasta que en la segunda mitad del siglo XX se vio la necesidad de legislar los créditos al consumo.

*Por favor, ten en cuenta que el contenido de este post no constituye asesoramiento financiero. Te recomendamos que consultes a tu asesor financiero personal antes de aplicar cualquier consejo o recomendación que figure en este post.